El reloj de pared de la casa de mi abuela se detuvo tres veces. Siempre a las 4:10. Siempre en marzo.
La primera vez, el relojero lo abrió, limpió el mecanismo y dijo que estaba perfecto. La segunda, dos años después, lo cambió entero por dentro: maquinaria nueva, mismo cuerpo de madera. La tercera vez ni siquiera lo llamamos.
Lo que se supone que significa
La superstición es vieja y casi universal: un reloj que se para marca una muerte, una despedida, un umbral. La versión elegante dice que el tiempo «se toma un descanso» cuando alguien lo cruza.
La versión aburrida —y probablemente la verdadera— es que la casa se hunde unos milímetros cada primavera con la humedad, el cuerpo de madera se inclina, y el péndulo pierde el plano.
Y aun así
Las tres veces que se detuvo, mi abuela se sentó delante de él a esperar. No a que arrancara: a que dijera algo. Y las tres veces, al levantarse, tomó una decisión que llevaba años posponiendo.
Quizá los relojes no anuncian nada. Quizá solo nos dan una excusa perfecta para quedarnos quietos el tiempo suficiente como para oírnos.
Casi todos los oráculos funcionan así.